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El Patriarca en su laberinto

Por Rubén Andino para ARGENPRESS.info
Sábado 20 de agosto de 2005.

El retirado dictador observa con impotencia y lleno de resentimiento como su querida Lucía y toda su prole enfrentan solitarios los efectos de la investigación penal que sacó a flote una fortuna familiar ganada a fuerza de sangre, sudor y lágrimas.

Fecha publicación:19/08/2005

Seco de carnes, aferra sus manos aferra a las manillas de su silla de ruedas. Está indignado con los ingratos beneficiarios directos de su revolución restauradora, la juventud dorada del régimen; los Nogueira, los Piñera, los Lavín, los Yuraszeck, los Allamand, los Coloma, los Longueira, los Espina, los Luksic y una interminable lista de empresarios y políticos, a quienes entregó fama y fortuna luego de exterminar a los partidarios de Allende. Ellos ahora guardan prudente distancia del Gran Protector de la Patria y su familia. Sólo el sanguíneo diputado Moreira y el coronel Labbe le siguen fieles. Imagina a esos malparidos riéndose de su infortunio, mientras disfrutan de las empresas privatizadas, las AFP, las ISAPRES y las universidades privadas sin fines de lucro que obtuvieron gracias a él.

Doña Lucía está con soponcio en el Hospital Militar y Marco Antonio, el hijo pródigo, preso en Capuchinos, enredado en la intrincada red de operaciones realizadas con las 130 cuentas secretas en bancos internacionales para ocultar los 26 millones de dólares que él ahorró con paciente y sistemática disciplina de militar desde que llegara al poder en 1973. Su memoria se ha quebrantado con tanto malos momentos y no recuerda ya todos los alias que usó en sus pasaportes apócrifos: Augusto José Ramón Ugarte, Augusto P. Ugarte, J. Ramón Ugarte, A. Pinochet.

El botín fue escuálido en comparación con los servicios prestados. Cinco mil muertos o desaparecidos, 30 mil torturados, 100 mil presos, 200 mil desempleados por motivos políticos, un millón de exiliados y 14 millones de inciliados, si se nos permite inventar un neologismo para designar a quienes debimos soportar toda clase de abusos y pellejerías en Chile, como el miedo colectivo, el hambre, la falta de trabajo, la desintegración cultural, la discriminación social, la marginación forzada de más elementales derechos humanos, durante 17 largos años, sin que nadie nos haya reparado hasta ahora.

En la soledad de su alcoba el General piensa en O’Higgins y en el tan renombrado ’pago de Chile’. La ingratitud es institución nacional. ’Mal agradecidos’, grita. Irritado masculla algunas frases deshilvanadas y lanza bastonazos con su mano torpe de viejo hacia el vacío, para espantar a los espectros que desde hace algún tiempo lo acosan burlones...


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