Plataforma Argentina contra la Impunidad
Justicia

Declaró una sobreviviente que fue secuestrada por Etchecolatz en 1976

Viernes 23 de junio de 2006.

Se trata de Nilda Eloy, por cuyo caso está acusado el represor en esta causa. La ex detenida-desaparecida describió su paso por seis centros clandestinos del llamado "circuito Camps", y su relato demostró el funcionamiento integrado de los campos de concentración que funcionaban bajo el mando de Etchecolatz. También declararon otras dos sobrevivientes, que compartieron el cautiverio con ella en esos lugares.

LA PLATA (22-06-06) - Comenzó hoy la etapa de declaraciones testimoniales en el juicio oral contra el genocida Miguel Osvaldo Etchecolatz: la primera en declarar fue la ex detenida-desaparecida Nilda Eloy, cuyo secuestro y torturas se investigan en esta causa. Nilda, que en aquel momento tenía 19 años, contó cómo fue detenida ilegalmente por una patota comandada por el mismo Etchecolatz, y describió su paso por seis centros clandestinos de detención que integraban el “circuito Camps”.

Cerca del mediodía, Eloy fue convocada al estrado, para narrar el horror que vivió en manos de Etchecolatz, que en ese momento era Director de Investigaciones de la Policía de la provincia de Buenos Aires, y mano derecha del entonces jefe de la fuerza, Ramón Camps.

El represor no estuvo presente para escuchar el relato de su víctima, porque pidió al Tribunal no asistir a las audiencias testimoniales por supuestos problemas de salud. Actualmente, pasa su tiempo en su chalet del Bosque Peralta Ramos, en Mar del Plata, en donde goza de arresto domiciliario.

Nilda declaró hoy que fue secuestrada en la noche del 1 de octubre de 1976, por un grupo de tareas comandado por Etchecolatz (“daba las órdenes”, puntualizó), y que también integraban los policías Hugo Guallama y Francisco Ezequiel Avellaneda junto a otra decena de represores. Aunque en ese momento no sabía quiénes eran sus captores, años después pudo reconocer a Etchecolatz “porque lo vi en la televisión”. A Guallama y Avellaneda los identificó con nombre y apellido durante el Juicio por la Verdad de La Plata, cuando los dos represores tuvieron que ir a declarar por otras causas recientemente.

La testigo subrayó que en todos los campos de concentración por los que pasó, el personal que “atendía” a los prisioneros “era policial”, personal que estaba subordinado a Miguel Etchecolatz a través de la Dirección de Investigaciones de la fuerza. “Todos estos lugares dependían de lo mismo, eran lugares de funcionamiento policial -aseguró-, y de acuerdo a cómo estaba estructurada la Policía en ese momento, todos dependían del Área Metropolitana, donde funcionaban las tres direcciones: tanto de Investigaciones como de Inteligencia y Seguridad”.

El primer centro clandestino al que fue trasladada fue el conocido como “La Cacha”, que funcionó en la localidad de Lisandro Olmos, en las cercanías de la Unidad Penal Nº 8. “Fui ingresada directamente a la sala de torturas”, señaló la testigo, y agregó que fue sometida a sesiones de picana eléctrica, golpes y amenazas.

“Al lugar concurría un sacerdote al que le decían «el padre Manolete». Ese sacerdote era el mismo que atendía en la Catedral a los familiares: monseñor Callejas”, recordó Eloy, y agregó que “lo que hacía era hacernos poner las manos adelante, para poder pisarlas”.

Allí, luego de ser torturada durante tres o cuatro días, fue llevada ante Etchecolatz, quien habría decidido su traslado, junto a varios otros prisioneros, a lo que fue su segundo destino: la Brigada de Investigaciones de Quilmes, conocida como el “Pozo de Quilmes”. En el camino, los detenidos fueron bajados del camión que los transportaba y sometidos a un simulacro de fusilamiento: “Yo no sé si volvimos a subir al camión todos los que bajamos”.

Eloy indicó que en el “Pozo de Quilmes” -centro clandestino que también dependía operativamente de Etchecolatz- “los tres pisos de calabozos estaban llenos”.

Allí se encontró con Emilce Moler, a quien conocía del Bachillerato de Bellas Artes, y que hoy también declaró como testigo por el caso de Nilda. “Que alguien te reconociera en ese momento era volver a la vida”, expresó la sobreviviente. “Mientras estuve en Quilmes, siempre pasaba un supuesto médico, que lo que hacía era manosearnos con Pancután”, añadió.

Luego de cinco días, fue trasladada con un grupo de prisioneros al llamado “Pozo de Arana”, otro de los centros clandestinos que componían el llamado “circuito Camps”. “En un momento supuestamente nos iban a liberar -contó-, pero nos fueron llamando por una lista y yo quedé última. Entonces vino uno de ellos (los represores) y me dijo ‘decí alpiste’. Cuando logró que yo lo dijera, me dijo ‘perdiste’ y que me habían borrado de la lista”. “Eso significó casi tres años más”, remarcó la testigo.

“Arana era un lugar muy particular, porque se torturaba muy cerca de donde estaban los calabozos -recordó-. Era todo el día. La tortura era escuchar la tortura”.

De allí fue llevada pocos días después, con un grupo de cerca de 30 detenidos, a otro centro clandestino, que podría ser el conocido como “El Vesubio”, ubicado en el cruce de la Autopista Riccheri y el Camino de Cintura (partido de La Matanza).

Allí encontró, entre otros prisioneros, a Marlene Kegler Krug, una detenida ilegal paraguaya -hoy desaparecida-, “que había sido crucificada en Arana”. “Todavía tenía las marcas en las palmas de las manos, en los pies. Se estaba recuperando”, añadió.

También compartió ese cautiverio con muchas otras personas, entre ellas Horacio Matoso (quien mañana declarará como testigo en el juicio). Nilda compartió con él todos sus destinos posteriores.

“En ese lugar fui golpeada por quien después reconozco en un libro como (el coronel Pedro Alberto) Durán Sáenz”, detalló.

El siguiente campo de concentración al que fue llevada fue la Brigada de Investigaciones de Lanús (con asiento en Avellaneda), conocido como “El Infierno”: “Cuando éramos trasladados, nos decían que miráramos el camino, porque del lugar a donde íbamos no se salía más. Que íbamos al infierno y que de ahí no se sale”.

Nilda describió que el calabozo en el que fueron alojados los prisioneros trasladados era tan pequeño “que nos turnábamos para sentarnos”. Explicó que las condiciones de detención en esa dependencia -también bajo la órbita de la Dirección que manejaba Etchecolatz- “eran sumamente rígidas”. “Cada cuatro o cinco días nos pasaban una manguera por la mirilla de la puerta y había que abrir la boca para tomar agua, y cada 12 o 15 días nos daban algo sólido”, señaló. Cuando Eloy salió de ese centro clandestino, pesaba 29 kilos.

Desde ese lugar, explicó la testigo, se hacían -como en tantos otros campos de concentración- falsos traslados en los que se sacaba del campo a un grupo de prisioneros, se los bañaba y vestía, y se los asesinaba, haciéndolos aparecer como “muertos en enfrentamientos”.

El último centro clandestino de detención por el que pasó fue la Comisaría 3º de Lanús, que dentro del “circuito Camps” cumplía la función de alojar a los prisioneros que serían “legalizados”. “Supongo que el comisario que estaba a cargo se debe haber impresionado, porque hizo traer una balanza y nos pesó”, indicó Eloy.

En este campo de concentración, los prisioneros pudieron empezar a recibir visitas de sus familiares, pese a que todavía no eran detenidos “legales”: “No figurábamos en ningún lado, no existíamos”, afirmó. Fue gracias a los parientes de uno de sus compañeros de cautiverio que la familia de Nilda se pudo enterar que ella seguía viva.

“De ahí pasé directamente a (el penal de) Devoto”, contó la testigo. Allí estuvo hasta principios de 1979, ya puesta a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. “Estar ‘a su disposición’ -detalló- significaba que cada vez que había un movimiento dentro de los mandos militares, o el Mundial, de Devoto y de otras cárceles se retiraban rehenes que eran llevadas a distintos campos y vueltas a traer en caso de que no ocurriese nada”.

“Ese fue mi ‘turismo’ por el circuito Camps”, ironizó Eloy hacia el final de su declaración. “A medida que uno iba avanzando en el circuito, de lugar en lugar, era como que uno se iba hundiendo -contó-. Todo estaba preparado para que uno se cosificara. No solamente habíamos perdido nuestro nombre, nuestra relación con el exterior, con el día, con la hora: era como un túnel continuo, con cada traslado”.

En varias oportunidades, cuando la voz se le quebraba al relatar el horror que vivió junto a tantos otros prisioneros, el Tribunal le ofreció hacer una pausa en su testimonio. “No puedo parar. Son demasiados años de silencio”, respondió Nilda a los jueces. “Yo estoy bien. Tengo que estar bien”.

A Etchecolatz “no lo querían por ladrón”

El Tribunal también recibió hoy los testimonios de dos sobrevivientes de la dictadura que compartieron el cautiverio con Nilda Eloy en diferentes centros clandestinos. Se trata de Emilce Moler, una de las sobrevivientes de “La Noche de los Lápices”, y Mercedes Borra, una ex detenida-desaparecida que viajó desde Formosa para dar su testimonio en este juicio.

Moler relató su secuestro, ocurrido en La Plata el 16 de septiembre de 1976. Fue trasladada al centro clandestino de Arana, y luego a la Brigada de Investigaciones de Quilmes, en donde se encontró con Nilda Eloy. Tiempo después, las dos prisioneras volvieron a encontrarse, esta vez en la comisaría 3º de Lanús, el paso previo a ser “legalizadas”. Al igual que Nilda, Emilce fue puesta a disposición del Poder Ejecutivo Nacional y trasladada al penal de Devoto, en enero de 1977, en donde estuvo alojada hasta que en abril de 1978 la liberaron, pero bajo una suerte de “libertad vigilada”. Ni siquiera le permitieron quedarse en la ciudad de La Plata, y tuvo que mudarse junto a toda su familia a la ciudad de Mar del Plata.

La testigo contó que su padre era comisario, pero que no quiso hacer gestiones ante Miguel Etchecolatz, a quien conocía desde antes de los tiempos de la dictadura, cuando el represor era su subordinado. “Mi padre no lo quería porque decía que era una lacra de la policía”, recordó hoy la sobreviviente. Cuando uno de los jueces le preguntó por qué su padre decía eso, Moler respondió con contundencia: “No lo querían por ladrón”.

Por su parte, Mercedes Borra también contó ante el Tribunal su periplo por varios centros clandestinos de detención, desde su secuestro en Capital Federal. La testigo contó que fue trasladada a un campo de concentración que podría ser el llamado “Proto Banco” -denominado así porque funcionó en el mismo lugar en el que luego se emplazó el centro clandestino conocido como “El Banco”-, ubicado en la zona del cruce de la autopista Riccheri y el Camino de Cintura, próximo a “El Vesubio”.

Su siguiente destino fue la comisaría 60º de Monte Grande, otro de los campos de concentración que conformaron el “circuito Camps”. De allí, Mercedes fue trasladada a la comisaría 3º de Lanús. Fue allí en donde compartió el cautiverio con Nilda Eloy y con Emilce Moler. La sobreviviente contó que un tiempo después fue liberada, desde ese mismo centro clandestino.

Los próximos testigos

Para mañana se prevee la declaración de otros cuatro sobrevivientes de campos de concentración que funcionaron bajo el mando del represor Etchecolatz. Oscar Solís, Adolfo Paz, Horacio Matoso y Eduardo Castellanos declararán también en el marco del caso de Nilda Eloy: narrarán lo que vivieron durante su paso por los centros clandestinos del “circuito Camps”, en donde todos compartieron el cautiverio con ella en distintos momentos.


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