Plataforma Argentina contra la Impunidad
Derechos Humanos

PÍO LAGHI, los secretos vaticanos

Murió Pío Laghi, el Cardenal de la dictadura
Jueves 15 de enero de 2009.

La muerte del cardenal Pío Laghi reaviva el debate sobre el rol de la Iglesia Católica durante la última dictadura militar y, en particular, sobre el rol de un hombre de la alta jerarquía de un Estado no democrático como es el Vaticano. Laghi entró en la Secretaría de Estado vaticana durante el papado (equivalente a un reinado) de Eugenio Pacelli, conocido como Pío XII, una figura central del apoyo católico al nazismo, al fascismo y al falangismo. La Iglesia dio respaldo a los tres regímenes sencillamente porque se trataba de tres naciones con masiva cantidad de católicos y, de esa manera, se garantizaba la influencia en las decisiones que tomaran tanto Hitler, como Mussolini y la muerte de Pacelli -en 1958, cuando no quedaban vestigios de defensa de esos sistemas- provocó un cambio de rumbo en el Vaticano: el grupo de cardenales que elige al Papa designó a Angelo Roncalli, que adquirió el nombre de Juan XXIII, y los católicos lo llamaron “el Bueno”, como si ese gesto alcanzara para conjurar la imagen fascista del difunto Pacelli. "El Bueno" duró poco y en 1963 llegó Giovanni Montini, quien se hizo llamar Paulo VI, un Papa que sacó su cabeza de Europa y se dio cuenta de que la disputa era por el cristianismo de las ex colonias de los imperios europeos, especialmente las ex colonias españolas.

Así, a Paulo VI fue a quien le tocó el destape de un debate al interior de la cerrada estructura católica: abrió el Concilio Vaticano II en Roma, que fue el antecedente de la reunión de obispos latinoamericanos en Medellín en el caliente año 1968. Allí tomó una dimensión dramática la llamada iglesia de los pobres, porque hasta entonces Latinoamérica era sólo el patio trasero de los Estados Unidos y las revueltas contra las dictaduras eran encarnadas, en todos los países, por católicos militantes que veían con buenos ojos la triunfante Revolución Cubana y que no despreciaron la resistencia activa a los regímenes oligárquicos apoyados por la CIA y el Departamento de Estado norteamericano. La reunión de obispos en Medellín fue dos años después de la muerte del sacerdote Camilo Torres Restrepo, un intelectual proveniente de una familia tradicional colombiana que no dudó en tomar las armas contra el contubernio liberal conservador que masacraba a los opositores.

La reunión de obispos de Medellín fue histórica porque muchos católicos recuperaron la mística en una religión que, en ese encuentro, fue caja de resonancia en un continente silenciado, cuyas únicas voces eran las de la prensa pronorteamericana. Así, en Medellín, la reforma agraria fue consagrada como un derecho para los pueblos latinoamericanos. En ese mismo año 1968, surge en la Argentina el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y adquirió ese nombre porque, a diferencia de otros países de la región, acá no había obispos que encarnaran esa visión renovadora en el catolicismo. El nombre de Carlos Mugica empezaba a tomar dimensión, porque había ido a Bolivia a pedir que la dictadura de ese país entregara el cuerpo de Ernesto Guevara a los argentinos, porque se pasaba el día en la villa de Retiro y porque, además, era profesor de teología y filosofía en El Salvador y provenía de una familia aristocrática.

Es importante tomar dimensión de que el Vaticano abría una compuerta para borrar una imagen nefasta y así daba protagonismo, al menos en Latinoamérica, a sectores que perseguían un cambio genuino.

Laghi en la Argentina

Paulo VI designó a Laghi como embajador en Buenos Aires unos días antes de que Mugica fuera asesinado por la Triple A y llegó al país justo cuando moría Perón y José López Rega se convertía en la figura central del gobierno de la viuda de Perón, quien asumía la presidencia. Los servicios de información vaticanos son de los mejores del mundo. Sería muy ingenuo pensar que Laghi no supiera que venía a un país convulsionado, en el cual la Iglesia Católica había jugado un rol decisivo en la caída de Perón en 1955 y que tenía una cúpula reaccionaria, sostenedora de todos los golpes de Estado posteriores. Pero, además, Laghi no podía desconocer que López Rega era parte de una red internacional con vínculos sólidos en el mismo Vaticano. En efecto: pertenecía a la logia Propaganda Due (P2), de la que formaban parte empresarios católicos encumbrados y los directivos del Banco Ambrosiano, entonces la banca oficial vaticana. Otro integrante de la P2 fue Emilio Eduardo Massera, a quien el mismo Perón nombró jefe de la Armada, porque lo consideraba una alternativa a la tradicional jerarquía gorila de esa fuerza. Una interesante biografía autorizada de Laghi (de los periodistas Bruno Passarelli y Fernando Elenberg) fue publicada hace una década. Intenta justificar el costado progresista del embajador vaticano diciendo que su misión era remozar la reaccionaria jerarquía católica cuya figura máxima era Antonio Caggiano, hombre de Pío XII y artífice de buena parte de la llegada de los nazis a la Argentina. Caggiano era un antisemita confeso y tenía estrechas relaciones con el generalato, entre quienes defendía la estirpe nacional socialista.

Aunque los católicos argentinos prefieran relativizar lo que era Caggiano, su figura no alcanza para ocultar el rol de la Iglesia de Roma en la matanza argentina. Passarelli y Elenberg, corresponsales en Roma de Gente y La Prensa, representan la visión de las empresas periodísticas comprometidas desde siempre con los regímenes dictatoriales. Desde ese lugar, citar a Jacobo Timerman para tratar de suavizar el rol de Laghi es tan desproporcionado que cae en el cinismo completo. Laghi no era antisemita y tenía un trato afable con el periodista y editor, pero la pregunta no es si Laghi era un buen diplomático, sino si el Vaticano avaló -o participó del diseño- de la política de desaparición sistemática de personas. Porque basta recordar que el mismo Timerman citó sus diálogos con altos jefes militares cuando empezaron las desapariciones. Fusilen -les dijo Timerman- pero no hagan desaparecer. A lo cual la respuesta era contundente: en un país católico, el Vaticano no va a avalar nunca la pena de muerte.

El peso de la verdad

Laghi jugaba al tenis con Massera, pero también fue denunciado por sobrevivientes de haber visitado campos ilegales de detención. Maltrató a las Madres de Plaza de Mayo. Le sugirió a Juan Pablo II (quien lo ratificó en Buenos Aires) la inconveniencia de recibir a esas mujeres así como al dirigente obrero católico Raimundo Ongaro (a quien la Triple A le había matado un hijo). Pero sí fue el artífice de que el Papa recibiera a Massera, responsable del principal campo de concentración del país.

Y si el otro argumento para compensar estos horrores es que, dentro del Episcopado, Laghi impulsó a obispos carismáticos como Jorge Cassaretto y Justo Laguna, la pregunta es: ¿qué hicieron estos obispos en materia de derechos humanos más allá de jugar en un ala distinta que los cardenales comprometidos con la dictadura? La respuesta, guste o no, es que no hicieron absolutamente nada. Porque silenciar el asesinato del obispo de La Rioja es matar dos veces al “Pelado” Angelelli, quien había participado activamente en el Concilio Vaticano II, había apoyado calurosamente el encuentro de Medellín y había sido nombrado en su puesto nada menos que por Paulo VI, tiempo antes de mandar a Laghi a la Argentina.

Pero la última pregunta, para volver al principio de este artículo, es si a un hombre de Estado se lo debe juzgar por sus gestos personales o por el cumplimiento de sus misiones. Laghi, como todos, habrá tenido conductas privadas más o menos aceptables, pero fue el ojo y el oído del Vaticano en un país donde desaparecieron miles y miles de personas. Jamás tuvo una palabra -tampoco por supuesto en el libro de los periodistas de Gente y La Prensa- para reconocer semejante tragedia. Fue el embajador de un Estado donde las decisiones las toma un hombre al que llaman “el romano pontífice”, que dice ser el enviado de Cristo en la Tierra y que lo eligen -hasta que muera- un grupo reducido de hombres llamado el Colegio Cardenalicio y que está compuesto por algo menos de setenta ancianos que, a su vez, fueron nombrados por un Papa anterior al que van a elegir. Eso sí: esos hombres, que ni siquiera aceptan la igualdad de derechos de la mujer, se consideran a sí mismos -y buena parte de la sociedad los acepta como tales- los indicados para diferenciar el bien del mal.

Laghi murió el domingo pasado. Estuvo en la Argentina seis años y medio, se fue unos pocos meses antes de que su amigo Massera y su no tan amigo Videla dejaran sus cargos. ¿Se llevó los secretos a la tumba? Desde ya que no: los archivos vaticanos tienen todo a buen resguardo. No son cosas para que el resto de los mortales sepan.

Eduardo Anguita

Fuente: El Ortiba


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