Plataforma Argentina contra la Impunidad
Derechos Humanos

LAS ABUELAS DE PLAZA DE MAYO PRESENTARON EL CASO DE MARTIN AMARILLA-MOLFINO, EL NIETO RESTITUIDO NUMERO 98

Otra historia de identidad recuperada
Miércoles 4 de noviembre de 2009.

Cuando alguien le preguntaba por el padre, Martín escondía las fotos. Decía que era un oficinista. Y jamás mostraba aquellas en las que aparecía con el uniforme militar. El hombre, un agente de inteligencia del Ejército, murió cuando él cumplió quince años. A partir de entonces, Martín empezó a sospechar de algunas verdades de su vida. Se acercó a Abuelas de Plaza de Mayo hace dos años para averiguar si era hijo de desaparecidos, pero la primera búsqueda no dio resultados positivos. Su madre dio a luz ocho meses después del secuestro, su cuerpo desapareció y su familia nunca pudo avisar del embarazo. Un testimonio reciente de un “arrepentido” le permitió a las Abuelas continuar con la búsqueda y enlazar la historia de Martín con sus padres Marcela Molfino y Guillermo Amarilla, dos militantes Montoneros, secuestrados en octubre de 1979, hoy desaparecidos. Las Abuelas de Plaza de Mayo ayer presentaron la historia de su restitución, la número noventa y ocho. Anoche, Martín Amarilla Molfino fue recibido por la presidenta Cristina Kirchner en su despacho.

“Martín nunca había visto fotos del embarazo de la supuesta madre y eso empezó a provocarle algunas dudas”, cuenta Donato Amarilla, hermano del padre de Martín, poco después de la conferencia de prensa, ofrecida por Abuelas en la sede de la organización. “A los quince años, más o menos, empezó a buscar fotos y después, al mirar la partida de nacimiento, cayó en la cuenta de que la señora en cuestión tenía más de cincuenta años cuando nació él.”

Las dudas de Martín empezaron tras la muerte de la persona que decía ser su padre. Y probablemente a partir de ese momento haya prestado más atención a su partida. Según ese documento, él nació el 17 de mayo de 1980 en el hospital militar de Campo de Mayo, una de los edificios de la unidad militar que funcionaba como maternidad clandestina para muchas detenidas políticas. Martín no sabía nada de eso, pero iba viendo que en su casa no había fotos de embarazos. Y estaba el pasado de su supuesto padre militar.

“Es una historia de intrigas y de sospechas”, dice su tío. “Martín aparentemente empezó a atar los comentarios de esa señora, que pudo sortear esa situación con el marido. El hombre se había dedicado a la bebida, era un padre ausente, pero cuando le preguntamos Martín dice que dentro de todo fue feliz, que sintió mucho cariño y que la mujer lo llamaba para que vea el televisor cuando aparecía la noticia sobre la recuperación de un hijo de desaparecidos.”

A lo mejor eran mensajes. A lo mejor, una forma de manejar alguna forma de la locura. Martín intentó terminar de armar algo con lo que empezaba a entender de su vida el 13 de diciembre de 2007 cuando abrió un legajo en la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi). Hasta ese momento, había terminado el secundario, empezó la universidad, pero dejó todo para entrar en el conservatorio de música. En algún lugar de la provincia de Buenos Aires armó una banda y se puso a estudiar acordeón de piano, era el mismo instrumento que tocaba su madre.

Ante la primera consulta, Abuelas siguió los pasos que habitualmente lleva adelante en una situación similar. Compararon las muestras de ADN con el banco de datos. “En el banco están todas las muestras de los grupos de familiares que denunciaron tener un pariente, hija o hermana desaparecida embarazada, o que tenía un hijo ya nacido, de pocos meses, al momento del secuestro”, explica un abogado de Abuelas.

Martín se hizo el análisis el 20 de diciembre de 2007. El 6 de marzo de 2008 le dijeron que el resultado era negativo. Su patrón de ADN aún no había sido denunciado como desaparecido.

Las Abuelas tenía denuncias sobre la existencia del joven como posible hijo de desaparecidos. Los datos de Abuelas no eran mucho más amplios, pero contemplaban los elementos que enumeraba Martín en su relato.

Mientras tanto, la Conadi avanzaba en una investigación paralela con testimonios que permitieran rastrear posibles embarazadas entre los detenidos desaparecidos. En ese contexto, aparecieron tres datos. El 21 de agosto, se presentó ante la Secretaría de Derechos Humanos una sobreviviente de Campo de Mayo quien aseguró que Marcela Molfino había dado a luz un niño en ese centro clandestino. Un ex conscripto que había pasado un período detenido en Campo de Mayo también denunció que para 1980 había una mujer embarazada. Y el último dato llegó, antes o después, de un arrepentido del Ejército que mencionó el nombre de Molfino, precisó el lugar de detención en Campo de Mayo y su embarazo.

Marcela Molfino y Guillermo Amarilla eran militantes de Montoneros y formaban parte de la dirección de la Juventud Peronista en la regional IV. Ella había nacido el 15 de noviembre de 1952 en Buenos Aires, sus padres se instalaron en Resistencia, y en los ’60 ella empezó Filosofía y Letras, militó en el peronismo de base y luego de en la JP. Guillermo era el Negro Amarilla, de Chaco. Era hijo de un dirigente peronista, estudiaba la carrera de contador, ocupó la secretaria general de la región IV de la JP con jurisdicción en Chaco, Formosa, Corrientes y Misiones y antes de fundar Montoneros en el Chaco integró la JP Regional de la Resistencia. “Mi hermano era delegado de la regional IV”, dice Donato. “Y fue el único que viajó en el charter que trajo de vuelta a Perón en el ’73, está en la lista, con el gobernador Bittel, después se fueron al exilio, el último hijo nació en Francia y volvieron de nuevo con la contraofensiva.”

Hasta poco antes del secuestro estaban en el exilio. Noemí Gianetti de Molfino, la madre de Marcela, también estaba exiliada, durante la final del Mundial de Fútbol de 1978 entró al país sólo para sacarlos, para irse con ellos, como tenía la apariencia de una señora rubia, mujer de bien, podía darles cierta cobertura. Tiempo después volvieron para la contraofensiva y terminaron secuestrados el 17 de octubre de 1979.

“Primero lo secuestraron a Guillermo en un bar, pero en el saco llevaba una factura por una compra de materiales de construcción”, señaló Guillermo Molfino. En ese momento vivían en San Antonio de Padua, cuando los militares llegaron a la casa, Marcela respondió al fuego con un revólver. La hirieron, y los hermanos creyeron que justamente por eso podría haber muerto enseguida. En la casa estaban los tres hijos de Marcela y de Guillermo, también Rubén Amarilla, el cuñado con su mujer y dos hijos. La cuñada escapó pero Rubén, Marcela y los cinco niños fueron secuestrados por el Ejército. Los cinco chicos volvieron quince días después a Resistencia porque un represor conocía a uno de los Amarilla.

Veinte días antes del secuestro, una hermana de Marcela se cruzó con ella en una visita. Se vieron pero nunca hablaron del embarazo. Su familia cree por eso que a lo mejor ni siquiera ella lo sabía.

El encuentro de Martín con los Donato Amarilla se hizo en la sede de Abuelas. Los familiares habían mandado las muestras de sangre para el cruce de ADN y cuando la base de datos comparó nuevamente los datos de todos, incluso el de Martín, el cruce dio positivo.

“Por eso es tan importante la reforma del banco nacional genético que se analiza en el Congreso”, explica Alan Iud, abogado de Abuelas. “Lo que se pide es que los ADN que analiza el banco se conserven ahí por si se agregan otros grupos familiares, y el caso como el de Martín muestra que es imprescindible que sea así.”

El lunes pasado, Abuelas convocaron a Martín para contarle su historia. En una habitación cercana lo esperaban los hermanos, Mauricio, Joaquín e Ignacio y también sus tíos. La entrevista duró hora y media. Una vez que terminó, le preguntaron si quería conocer a su familia.

“Había mucha gente”, dice Donato que viajó especialmente desde Chaco. “Físicamente es muy parecido a Ignacio, el que ahora es el penúltimo y que teníamos como el menor.” Apenas lo vieron sus hermanos miraron las orejas, la marca de origen, porque todos tienen el lóbulo pegado a la cara. Era la marca, la constataron, Martín la tenía, y dicen que en ese momento todos se mataron de risa.

MIGUEL MOLFINO, HERMANO DE MARCELA Y TIO DEL JOVEN RECUPERADO

“No imaginábamos nada de esto”

En esta entrevista, Miguel Molfino cuenta la intimidad del encuentro de la familia con Martín. Revela que recién se enteraron de la existencia del joven cuando los llamaron para hacerse el ADN.

Miguel Molfino estaba detenido a disposición del Poder Ejecutivo nacional cuando secuestraron a su hermana. A esa altura, la familia vivía una suerte de diáspora entre hermanos y cuñados detenidos en las cárceles mientras que otros habían marchado al exilio. Más de treinta años después, llegó un día en el que recibió la noticia de que desde la Conadi querían hacerles una extracción de sangre para obtener una muestra de ADN. Buena parte de la familia pensó en lo único que alguien podía llegar a imaginarse: creyeron que habrían aparecido los restos del cuerpo de su hermana Marcela.

 ¿Usted dijo que Martín había sido doblemente desaparecido?

 No habíamos tenido noticias de mi hermana desde el secuestro -dice Molfino-. Y encima, como se la habían llevado herida, qué sé yo... No nos imaginábamos nada de esto.

 ¿Su hermana y su cuñado no estaban juntos en ese momento, verdad?

 Ella cae con uno de sus cuñados, un hermano de Guillermo, en la casa, el 17 de octubre de 1979. Guillermo cayó en un bar durante la contraofensiva, se supone que para ese entonces estaban retirándose, se venían cosas muy fuertes. Después pasa el tiempo, sucede lo de mi vieja, la muerte en España (ver recuadro) y bueno, los chicos, los tres hijos de Marcela y de Guillermo, son devueltos digamos que inmediatamente a la familia Amarilla. Pero a lo que voy con todo esto es que en paralelo, en todos estos años, Martín, según nos dice ahora, empieza a tener la sospecha de quién es en realidad.

 ¿Cómo se enteraron ustedes?

 Nos enteramos de que existía cuando vienen de Conadi a sacarnos sangre para el ADN. Yo no lo creía. Les decía a mis hermanos, pero ¿puede ser? ¿Puede ser el regreso de los muertos vivos? No sé. Pero me equivoqué, porque hace tres días llama Carlotto para avisarme que había aparecido el cuarto hijo de Marcela y del Negro Amarilla.

 Impresiona.

 Impresionante fue la ceremonia del reencuentro, la intimidad. En un momento dado sentíamos que había pasado una eternidad, esperamos una hora y media en una habitación contigua al lugar donde estaban contándole la historia. Ahí entró y lo vimos.

 ¿Y?

 Muy parecido a sus hermanos. Tenía el lóbulo de la oreja pegado, como lo tienen ellos, y es parecido al padre y apenas se vieron lo que fue impresionante es que se sentaron los cuatro juntos. Los cuatro hermanos y automáticamente entre ellos se generó toda la charla, los comentarios y Martín tenía que bancarse además la presentación de tantos parientes y anécdotas porque fuimos como treinta.

 ¿Qué fue lo primero que preguntó?

 Dijo: “Quiero conocer a mi mamá”. Y entonces le pasamos una foto de Marcela, la miró y dijo: “Qué linda que era”.

 ¿No pudo ver una imagen hasta ese momento? ¿El tampoco sabía quiénes podían ser sus padres?

 Exacto, por eso él dijo: “Quiero conocer a mi mamá”. Y después nos preguntó por qué vivíamos en Chaco. Le contamos que algunos vivían en Buenos Aires, otros allá. También le contamos cómo eran lo padres.

 ¿Cómo eran?

 En la casa de los Molfino se reunían todos los hijos, con los novios, la mitad PRT y la otra mitad Montoneros, con distintos grados de compromiso. Y mi vieja, que cocinaba ravioles para el griterío de política de los domingos, estaba ahí mientras se hablaba a los gritos del socialismo nacional o de la guerra popular. Eso era mi casa. Martín sobre todo escuchaba. Nosotros hablamos entre nosotros, no le dábamos pelota porque nos acordábamos de cosas y él nos miraba con esos gestos muy parecidos al padre, manso, tranquilo, cauto.

 ¿Qué hace Martín?

 Dijo que es músico y que estudia teatro. Y entonces preguntó qué hacía la madre, y se emocionó cuando le dijimos Filosofía y Letras, porque también él había estudiado. Después dejó, estudia en el conservatorio de música. Y entonces dijo que está aprendiendo acordeón a piano. “El instrumento que tocaba tu mamá”, le dijimos. Todos quedamos impresionados.

 ¿Cómo se vive un momento como éste?

 Yo te digo, cuando lo vi entrar no tuve un sollozo. Pero pensé en qué raza de Caín tan fiero pudo imaginar una cosa tan terrible como destrozar a una familia. Pensé en mi hermana. Me imaginé ese infierno en Campo de Mayo, atravesando el largo período de embarazo, los golpes, la mugre, los gritos. Mi hermana Alejandra también se imaginó esa sensación terrible, pero al principio y después, una alegría gigante.

 ¿Cómo es esa alegría?

 Porque es una gran reivindicación en el sentido de que quisieron destrozarnos como perros rabiosos, pedazo por pedazo sacar el cuerpo de una familia y fijate vos cómo nos volvemos a juntar, más allá de los muertos o desaparecidos. Son como los restos del naufragio que cada tanto llegan a la playa desde un barco que parecía destruido totalmente. Tengo la sensación de justicia humana, de justicia en el sentido de la existencia, digamos. De una cosa que merecía él, Martín y muy después nosotros. Sobre todo Martincito, que imaginate lo que debe sentir.

 ¿Qué cree usted?

 Anoche se encontró con otro apellido y otra vida. Es un mambo feroz. Finalmente esto tiene un final harto feliz. Sus hermanos se quedaron en Buenos Aires unos días para conocerse más porque los Amarilla son tan unidos, esos chicos que parecen siameses. Son compañeros como un puño cerrado.

La foto robada

Ahora recuerdo muchas anécdotas pero no puedo recordar cómo nos conocimos. Miguel Molfino, el tío de Martín Amarilla Molfino, fue detenido durante los primeros meses de 1979, mientras su mujer estaba embarazada de su quinta hija. El día que recibió la primera foto después del parto le contestó “la foto te fijó en la felicidad/menos mal”. Nunca olvidaré esos dos versos porque yo, que había tenido el privilegio de ser detenido a los 18 años, no había tenido tiempo de tener hijos y suponía que la condición de ser padre debía multiplicar la angustia del encierro.

Nos hicimos amigos a través de la literatura. Gracias a Miguel conocí a Dylan Thomas, de quien podíamos recitar largos poemas completos, “porque mantenían viva la memoria”. Competíamos. Siempre ganaba él. Era un poco mayor que yo, se había casado, tenía cinco hijos y parecía que no le temía al futuro. Anteayer, minutos antes del encuentro con Martín, le pregunté por teléfono cómo se sentía. Me contestó que “estoy como los musulmanes, preguntándome si Martín nos aceptará o nos negará tres veces como indica el Corán”, tomándose como siempre una licencia literaria, y litúrgica, claro.

Me cuesta imaginar la felicidad de las primeras fotos con Martín, por pudor. Por pudor, y porque no puedo olvidarme nunca jamás de que, un día de 1980, durante una requisa a nuestra celda en la cárcel de La Plata le quitaron todas sus fotos familiares, entre otras, la de su madre Noemí Gianotti de Molfino, “total, no la vas a ver nunca más”.

A raíz del secuestro de su hija Marcela y de su marido, los padres de Martín, Noemí se había incorporado a las Madres de Plaza de Mayo y se había adelantado a una visita de Jorge Videla a Perú para denunciar la violación a los derechos humanos en el país. No recuerdo cuántos días pasaron desde el robo de las fotos familiares hasta que supimos que Noemí había sido secuestrada en Lima, delante de su hijo Gustavo, ni cuántos más hasta que supimos que había aparecido muerta en un hotel de Madrid. Sí recuerdo el estupor, el silencio, la incredulidad y la rabia que nos embargó.

Ahora, mientras escribo, no puedo disociar aquella rabia de la alegría que transmitía Miguel el sábado pasado, después de recibir la convocatoria de las Abuelas, quienes le pedían a la familia Amarilla Molfino que viajara a Buenos Aires para conocer a Martín. Ya se sabe que Martín tiene el lóbulo de las orejas igual que sus hermanos biológicos, y que es hincha de Boca, datos tan importantes como el ADN. Su condición de “doble desaparecido”, porque su familia biológica ignoraba su existencia, amplifica la alegría del encuentro. No sé si en la foto cabrán los 30 integrantes de la nueva familia de Martín, pero estoy seguro de que, si se toma con un gran angular, entrarán todos y quedarán fijados en aquella felicidad que con tanto empeño nos quisieron arrebatar. Ahora soy yo quien se tomará una licencia. Dylan Thomas diría que no degradaría la humanidad de tu llegada, Martín, con una verdad grave. Yo tampoco.

Una operación del Plan Cóndor

El secuestro de Guillermo Amarilla y Marcela Molfino, en 1979, había sido denunciado en las Naciones Unidas por Noemí Gianetti de Molfino, la madre de Marcela, quien había salido del país y se había radicado en Lima, Perú. En junio de 1980, un grupo de tareas de las Fuerzas Armadas argentinas llegó a esa ciudad para realizar operativos contra supuestos guerrilleros. Los militares argentinos recibieron la colaboración de sus colegas peruanos e incluso notificaron a la embajada norteamericana en ese momento, como se pudo revelar hace unos pocos años cuando se desclasificaron documentos del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Era una operación típica del Plan Cóndor, según estima el periodista norteamericano John Dinges, en la que las fuerzas represivas de las diferentes dictaduras militares del Cono Sur colaboraban entre sí con la anuencia norteamericana. La madre de Marcela Molfino, que vendría a ser la abuela del joven que ayer recuperó su identidad, fue secuestrada de su domicilio en Lima, junto a otros dos argentinos, María Inés Raverta y Julio Ramírez. En el documento desclasificado se anunciaba que los detenidos serían llevados a Bolivia desde donde serían deportados a la Argentina y allí serían “desaparecidos”. Raverta y Ramírez continúan desaparecidos, pero la señora Gianetti de Molfino apareció muerta en un hotel de Madrid, España, un mes después de su secuestro en Perú.

Fuente: Página 12


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