Plataforma Argentina contra la Impunidad

Las voces comunes del exilio

por Gabriel Jacovkis
Sábado 7 de agosto de 2004.

El emigrante lleva consigo muchas más cosas que las que caben en la maleta de su primer viaje. El bagaje más importante es indudablemente el cultural. Y éste será en definitiva el que determine su futuro, sus amores, sus odios, sus relaciones.

El exilio es un hecho universal caracterizado, entre otras cosas, por la repetición y la persistencia. Estas dos características hacen que sea un puntal fundamental en la historia de la cultura.

La llegada del inmigrante provoca un choque importante entre la cultura de origen y la receptora. No necesariamente este choque lleva implícita la violencia o por lo menos no debería llevarla. Las características de la interrelación entre ambas culturas depende de muchos factores dentro de los cuales uno de los más importantes es la actitud de la sociedad receptora hacia el exiliado. La aceptación o rechazo del inmigrante no es sino la aceptación o rechazo de su cultura. La sociedad receptora está en una posición de fuerza respecto al inmigrante. El respeto por la cultura inmigrante, cuando no es profundo sino formal, es totalmente desequilibrado y con múltiples raseros: no es lo mismo un uruguayo, que un marroquí. Eso salta a l, por Gabriel Jacovkisa vista. Pero la aceptación de las diferencias con el uruguayo y con el marroquí sí que debería ser la misma.

Pero mal que les pese a muchas estructuras de poder, la cultura receptora, aunque más fuerte, también se modifica, se enriquece con colores, comidas, ropas, libros, costumbres, músicas de otros sitios. La fusión cultural, tan de moda actualmente, no es un invento del siglo XX. Ha existido durante toda la historia de la humanidad y ha sido uno de los puntales de su progreso.

Por otra parte hay una cultura del exilio que nace de la interacción de las dos culturas, la de origen y la receptora, pero que además tiene características propias. Hay en ella un carácter recurrente de ciertas circunstancias, sucesos y conflictos que son independientes del lugar y época del exilio. En todo caso dependen más de la filosofía con que el exiliado encare su experiencia. Ya antiguamente se describían dos tipos de enfoque del exilio: el de los cínicos y estoicos era totalmente positivo. Diógenes sostenía que a él lo habían condenado al destierro pero él condenó a los desterradores a que siguieran en su lugar. Los estoicos sostenían que todos los hombres eran ciudadanos del mundo con lo cual no podían sufrir el destierro.

La segunda respuesta, en cambio, denuncia una pérdida, un empobrecimiento, una mutilación de la persona en una parte de sí misma. La persona se desangra. El ejemplo es el poeta Ovidio quien desde su destierro en Tomos (cerca de la desembocadura del Danubio, hoy Rumanía) dice “continuaré residiendo en el último confín del mundo, en una tierra alejada de mi tierra”. Y no parece ser que las condiciones climatológicas del lugar fueran tan tremendas como Ovidio sostenía. Como recuerda Claudio Guillén, Pushkin encontró estos lugares “tranquilamente atractivos; el azul del cielo resplandece allí durante largo tiempo, la crueldad de las tormentas del invierno no impone su ley sino brevemente” Independientemente de cómo sea en realidad el lugar de destierro, lo malo reside en que no es Roma, a donde Ovidio pertenece. No importa cómo sea el lugar sino cómo lo ve el exiliado. Esto me hace acordar a mi abuelo. Era un exiliado de la Rusia zarista. Huyó como tantos otros judíos de los pogroms y llegó a Buenos Aires a principios del siglo XX. No comió nunca una manzana en la Argentina porque decía que en Rusia eran mejores. Por otro lado tomaba mate como un criollo más.

Estas dos filosofías las hemos visto a través de nuestros años de exilio. Conocí exiliados que cuando pudieron volver no volvieron ni de visita a su país de origen. En el otro extremo están los que durante los años que duró su exilio no colgaron ni un cuadro en su casa. No deshicieron las maletas. Entre ambos hay una amplia gama de actitudes.

Rafael Alberti, durante su destierro argentino, parece ser un poeta ovidiano. En 1954 escribe “Baladas y canciones del Paraná”, a orillas del cual vivía. El río Paraná es casi una excusa para que el desterrado evoque a su Cádiz. Valga como ejemplo esta Canción 50:

Aunque yo quisiera ser
de otro país, de otra parte,
¿quién iba a ahogarme la voz
de mis mares?

¿Quién iba a ahogármela, a ahogarme?

Podré cantar este árbol,
estas tierras, este aire.
Podré cantar este aire.

Hasta morir yo podría
en otra parte.
Cantando yo, en otra parte.

Pero mi voz seguiría
la de mis mares.
Siendo la de mis dos mares.

¿Quién iba a ahogármela, a ahogarme?

O la Canción 34

De todos modos, mi canto
Puede ser de cualquier parte.
Pero estas rotas raíces,
¡ay, estas rotas raíces!,
a veces no me lo dejan
ser del mundo, ni siquiera
de aquella tierra, tan sólo
de aquella mínima parte
de la Tierra.
Y hay quienes me dicen: Tú,
¿cómo puedes decir eso?
Y yo les respondo: amigos,
aunque mi canto quisiera
ser del mundo,
tiene al aire las raíces,
y le falta el alimento
de la tierra conocida.
Y es como un árbol que sube
sin ser de ninguna parte,
aunque a veces,
por un infinito golpe
heroico del pensamiento,
tocan tierra sus raíces,
y su canto llega a ser
tan sólo de aquella tierra,
de aquella mínima parte
de la tierra.

Otra interpretación muy distinta de su destierro da Luis Cernuda cuando escribe “Un español habla de su tierra”:

Las playas, parameras
al rubio sol durmiendo
los oteros, las vegas
en paz, a solas, lejos;

Los castillos, ermitas,
cortijos y conventos,
la vida con la historia,
tan dulces al recuerdo,

Ellos, los vencedores
Caínes sempiternos,
de todo me arrancaron.
Me dejan el destierro.

Una mano divina
tu tierra alzó en mi cuerpo
y allí la voz dispuso
que hablase tu silencio.

Contigo solo estaba,
en ti sola creyendo;
pensar tu nombre ahora
envenena mis sueños.

Amargos son los días
de la vida, viviendo
sólo una larga espera
a fuerza de recuerdos.

Un día, tú ya libre
de la mentira de ellos
me buscarás. Entonces
¿qué ha de decir un muerto?

Cernuda es capaz de escribir “España? (...) Un nombre. España ha muerto” convirtiendo tal vez al exilio en su lugar de residencia. Está más cerca de los cínicos griegos, como lo está Julio Cortázar que en su ensayo “Exilio y literatura” escribía:

Se trata sobre todo de indagarnos como individuos pertenecientes a pueblos latinoamericanos, de indagar por qué perdemos las batallas, por qué estamos exiliados...En vez de concentrarnos en el análisis de la idiosincrasia, la conducta y la técnica de nuestros adversarios, el primer deber del exiliado debería ser el de desnudarse frente a ese terrible espejo que es la soledad de un hotel en el extranjero y allí, sin las fáciles coartadas del localismo y de la falta de términos de comparación, tratar de verse como realmente es.

Y de esa época es este poema suyo llamado “Pavadas

Al árbol ya cortado
no lo claves en tierra
porque su copa seca
no engañará a los pájaros.

Al río que discurre
no le levantes diques
porque en el aire libre
cabalgarán las nubes.

Al hombre desterrado
no le hables de su casa;
la verdadera patria
caro la está pagando.

El árbol ya cortado,
el río que discurre
y el hombre desterrado
caro lo están pagando.

Hay otro hecho importante en la formación de la cultura del exilio y es el motivo del mismo. El exilio puede producirse por causas políticas, como el gran exilio español en el ’39 o el chileno, uruguayo o argentino entre el ’73 y el ’79. En este caso el exiliado es un crítico del sistema político que lo expulsa y tiene muy presente que no puede volver a su país. Esto determina un matiz cultural. En esta categoría y para simplificar incluyo también todos los exilios causados por intolerancia religiosa o racial.

El otro tipo de exilio es el económico, como el que se origina en la Argentina de estos últimos tiempos. En él no necesariamente el exiliado es un expulsado por ser un crítico del sistema social del que viene. El hecho que la puerta del país no esté cerrada a su vuelta, determina otro tipo de matiz cultural.

En ambos casos hay puntos comunes. El más importante probablemente sea la conciencia del destierro como pérdida del único entorno válido, que es la nacionalidad, la cultura nacional.

Para entender e integrarse con el “otro” no sólo hay que comprender su cultura de origen sino la cultura resultante del destierro. El exiliado ecuatoriano no es un trozo de cultura ecuatoriana en España sino el representante de una cultura ecuatoriana modificada por el hecho del exilio. Tal vez el peso mayor de este hecho es que el exilio nunca es deseado. El exiliado político siempre y el económico en la mayoría de los casos, ha sido forzado de manera más o menos violenta a someterse a una experiencia vital que nunca deseó.

Pero entonces: sobre qué escribe, pinta o compone el exiliado? Cuáles son sus películas, sus obras de teatro, sus esculturas? Hay temas más propios del exiliado, que en general se repiten, como la nostalgia con un grado mayor o menor dependiendo de la filosofía con que enfoque su situación. Pero muchos otros son los comunes a cualquier artista: el amor, la amistad, la naturaleza. Así el poeta uruguayo Mario Benedetti, en un libro que se llama “Viento del exilio” puede escribir “Once”:

Ningún padre de la iglesia
ha sabido explicar
por qué no existe
un mandamiento once
que ordene a la mujer
no codiciar al hombre
de su prójima.

El exilio latinoamericano en España parece integrar una historia cíclica de idas y vueltas, de viajes inacabados. Evidentemente mucho tiene que ver con el gran exilio español provocado por el trágico final de la Guerra Civil.

Ambos tienen su origen en la intolerancia de golpistas que derrocaron regímenes democráticos.

Los exiliados, en su mayoría, eran profesionales, intelectuales, evidentemente transgresores, reñidos con el orden existente que abandonaban.

Ambos llegaron a un idioma aparentemente común. Este hecho en los profesionales de la escritura, tiene una importancia fundamental. Para el escritor el exilio es una expatriación forzosa de su medio lingüístico. Si esto es muy importante para cualquier persona, lo es más aún para los que trabajan dentro de este medio. El hecho de refugiarse en un país con el mismo idioma no elimina el problema. El lenguaje cambia y además los hispanoparlantes hablamos en contextos culturales muy distintos. Hay infinidad de anécdotas al respecto.

Luego están los puntos comunes a todos los exilios, dentro de los cuales creo que los más importantes son el tema de la nostalgia y el de la memoria. De ellos no se libran ni los positivos cínicos ni evidentemente los ovidianos. Aunque cada uno de ellos trabaje el tema de diferente manera. Para terminar quiero referirme a otro hecho que creo de fundamental importancia: el exilio es una experiencia irreversible. No tiene vuelta atrás. Me lo imagino como debió ser el viaje de Ulises. La identidad está en el propio viaje. Un eterno viaje desde la cultura original hacia la cultura receptora. Y en ese viaje se forma la del exiliado con características propias que la distancian de su cultura de origen. A su vez su cultura de origen y la del exilio difícilmente permitirán confundirlo con un nativo del país receptor. Esto en sí no tendría por qué representar ningún problema, más allá de las bromas sin mala intención como cuando a mí me dicen “gallego” en mis visitas a la Argentina. Y quiero que esto lo ejemplifique una vez más Mario Benedetti con unas estrofas de un hermoso poema que escribió cuando volvía a Uruguay, después de los años de exilio.

Quiero creer que estoy volviendo

Vuelvo / quiero creer que estoy volviendo
con mi peor y mi mejor historia
conozco este camino de memoria
pero igual me sorprendo

hay tanto siempre que no llega nunca
tanta osadía tanta paz dispersa
tanta luz que era sombra y viceversa
y tanta vida trunca

vuelvo y pido perdón por la tardanza
se debe a que hice muchos borradores
me quedan dos o tres viejos rencores
y sólo una confianza

reparto mi experiencia a domicilio
y cada abrazo es una recompensa
pero me queda / y no siento vergüenza /
nostalgia del exilio.

BIBLIOGRAFÍA

- Cohen, Ester; Martínez de la Escalera, Ana María. “Lecciones de extrangería”. México. Siglo XXI. 2002

- Cortázar, Julio. “Argentina. Años de alambradas culturales”. Buenos Aires. Muchnik Editores. 1984

- Guillén, Claudio. “El sol de los desterrados”. Barcelona. Quaderns Crema. 1995

- Rodríguez Monegal, Emir. “Literatura y exilio” Intervención en el Primer Congreso Internacional de Literatura Hispanoamericana Contemporánea (Puerto Rico, septiembre 1980)

- Ugarte, Michael. “Literatura española en el exilio”. Madrid. Siglo XXI. 1989


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