Plataforma Argentina contra la Impunidad
Justicia

MENDOZA. JUICIO POR EL ASESINATO DE "PACO" URONDO

Entrevista a su hijo Javier
Lunes 22 de noviembre de 2010.

Poeta, periodista y militante, murió en junio de 1976 a manos de la represión en Mendoza. “La figura de mi viejo está intacta. Pero sobre todo está intacta la ausencia absurda”, dice su hijo Javier. El homenaje de su hija Ángela.

Preferiste quedarte, despojarte, igualarte a los que tenían menos, a los que no tenían nada. Lo que era tuyo era fruto de tu esfuerzo, pero igual lo consideraste un privilegio y lo fuiste regalando con una sonrisa”. Con estas palabras Rodolfo Walsh recordaba al querido poeta, periodista y militante Francisco “Paco” Urondo, muerto por el terrorismo de Estado el 17 de junio de 1976, en Mendoza.

Pasaron 34 años desde aquel día, de la emboscada montada por los policías del Departamento de Informaciones -la temible D2-, de la persecución y la balacera por la calles de Guaymallén, de la muerte de Paco, de la desaparición de su mujer Alicia Raboy y el secuestro de su hija de 11 meses, Ángela, luego recuperada por su familia.

Fueron 34 años de espera, de luchar con una justicia tabicada por cómplices de la dictadura, pero el miércoles pasado al fin comenzó en Mendoza el juicio oral por el asesinato del escritor y varios otros casos. Hay diez represores imputados, entre ellos el ex general Luciano Benjamín Menéndez, acusados de haber participado en 32 casos de delitos de lesa humanidad, en su mayoría desapariciones.

“La figura de mi viejo está intacta. Pero sobre todo está intacta la ausencia. Lo más presente es la ausencia absurda”, explicó Javier Urondo, hijo de Paco y de su primera esposa, Graciela Murúa, con la que el poeta también tuvo una hija, Claudia Josefina, desaparecida el 3 de diciembre del ’76 junto a su marido, Mario Lorenzo Koncurat.

Javier es el querellante en la causa de Mendoza, con el patrocinio de los abogados Pablo Salinas y Alfredo Guevara (hijo). Acababa de volver a Buenos Aires de la primera jornada del juicio cuando recibió a Tiempo Argentino en Urondo Bar, el restaurante que tiene en el barrio de Caballito junto a su sobrino Sebastián Koncurat.

 ¿Cómo fue ese primer día del juicio, después de tanto tiempo?

 La entrada a tribunales, la espera, el blíndex, los sistemas de cámaras, ver el escenario del debate: todo eso es medio raro. Era una sala muy chiquita, y estábamos divididos por nada con la mujer de quien entonces era el gobernador-interventor o el general de brigada de ese momento. Muy raro. Hubo muchas miradas. Es muy fuerte ver a estos tipos. Por momentos, parecía que estaban en un Casino de Oficiales, muy seguros de que todo siga como hasta ahora. Apuestan a eso y no hay ningún signo de arrepentimiento. Los que estuvieron directamente en la “parrilla”, ocupándose de violar y torturar, esos tipos tienen incluso miradas desafiantes. Les gustaba realmente el oficio, y lo volverían a hacer. Es muy difícil entender cómo funciona la cabeza de alguien para hacer esto, qué lo sostiene. Todo el tiempo trato de entender, pero no lo logro. Eugenio Zaffaroni habla de la construcción del enemigo. De cómo la doctrina de la seguridad interna siempre plantea la construcción de un enemigo al que atacar. Estos tipos son los que se hacen cargo. El Estado policial existe y es uno de los lugares menos tocados de las estructuras del Proceso.


 ¿Cuál fue el proceso legal para llegar a este momento?

 Yo empecé todo esto apenas asumió Alfonsín. A mi viejo lo mataron en Guaymallén y lo llevaron a la morgue, Alicia quedó desaparecida y Ángela fue a la Casa Cuna. Mi tía Beatriz, quien ya murió, fue a buscar a Ángela, sabiendo que a Alicia no se la iban a dar. La tía se fue para allá, toda emperifollada, haciéndose la ricachona. Fue, y le entregaron el cadáver del viejo, como NN. Y viajó por Austral con un cadáver NN, salió del Aeroparque con un cadáver NN, lo llevó al cementerio de Merlo y lo dejó en la bóveda de la familia como NN. Una muestra del nivel de poder que tenían estos tipos, que si decidían que querían devolver un cadáver, lo podías llevar a pasear por donde quisieras.


 ¿Por qué creés que les entregaron el cuerpo de tu padre?

 Creo que los mendocinos se querían sacar de encima el cadáver de mi viejo. Él ya había estado preso y las firmas a nivel internacional, pidiendo por su libertad, habían sido muy importantes. Creo que eso le dio mucho peso, porque fue rarísimo lo que pasó. A muy pocos les devolvieron el cuerpo de sus familiares. Después, ya en el ’83, para resolver el tema del NN, arrancamos por restituir la identidad de mi viejo. Era un proceso que había que hacer en Mendoza y como yo vivía en Buenos Aires, le di un poder a Alfredo Guevara padre.

 Después se toparon con jueces acusados de ser cómplices de la dictadura, como Luis Miret. ¿Cómo fue lidiar con esa justicia?

 Bueno, el “Gordo” Guevara, quien ya murió, era un obcecado que volvió loco a Miret. Le metía un escrito cada semana, y parte del prontuario de Miret quedó al descubierto por cómo tiraba abajo esos recursos, el ensañamiento que tenía en no avanzar nunca. Después vinieron las leyes de impunidad, pero el Gordo seguía insistiendo, buscando resquicios. Hoy hay muchas pruebas de lo de mi viejo por el laburo solitario que hizo el Gordo. Su hijo Alfredo y Pablo son de la misma escuela. Por persistencia lograron cosas que sorprendieron a organismos con estructuras técnicas de recursos muchos mayores.

 Por su compromiso como intelectual y militante, tu padre es un referente para muchos. Pero, ¿cuál es tu recuerdo personal?

 Creo que mi viejo fue alguien que estuvo en la búsqueda siempre, con una gran necesidad de responder preguntas. Cuando me dicen “tu viejo fue un héroe” o me hablan de la valentía, les digo que los héroes no son algo que me interese. Yo intento humanizarlo. En la historia de los grupos armados había de todo, había terribles intelectuales, a los que no les gustaban los tiros, y también había chicos “fierreritos”, con formación católica militar, que después tuvieron un proceso de formación, pero que de arranque tenían esa cosa del “valiente calzado”. Mi viejo no viene de esa veta.

 Quienes lo conocieron tienen la imagen de alguien entrañable.

 Era un tipo que todo el tiempo se cuestionaba lo que hacía; lleno de debilidades que lo volvían muy humano y creo también más poderoso, porque sabía convivir con ellas. Tenía cierta vergüenza de jactarse de las cosas, jactarse de ser un revolucionario. Creo que no decía ni que era poeta, y no por falsa humildad. Tenía grandes poetas a los que admiraba y le costaba decir “yo soy un poeta”. Como incursionaba en 2 millones de cosas, no se la creía. Para él, eran todos intentos. Por mi viejo, yo conocí a Cortázar y a Juan L. Ortiz, pero también lo conocía a Julio Lareu, que tiene una hija desaparecida y otra muerta en La Tablada, y para mí ese era su amigo. Todo el tiempo recibo a gente que lo quería mucho a mi viejo, pero los atorrantes con los que se iba a comer todos los martes ravioles al Rey del Agnolotti, en la calle Superí, eran Julio y Walter, un gordo grandote, de pelo blanco.

Por Carlos Romero

Fuente: Tiempo argentino


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