Plataforma Argentina contra la Impunidad
Cultura

Alejandro Andreassi, "Memoria e historia: la interpretación del pasado como desafío político y el pretérito presente como un campo en construcción"

Breves párrafos del texto en edición.
Miércoles 30 de marzo de 2011.

“Die Zukunft braucht Herkunft” (“El futuro necesita un origen“), Odo Marquard

Es habitual hallar en las reflexiones sobre memoria y memoria colectiva, la notificación para el lector de las diferencias entre aquellas y la historia, incluso la afirmación de que se trata de conceptos antinómicos. Sin embargo creo que si bien tienen características epistemológicas y están sometidas a procesos diferentes de socialización, ambas, -memoria e historia- tiene funciones complementarias, que implican una relación, de mutua interpelación. Parto de la siguiente proposición: historia y memoria no son términos opuestos ni mutuamente excluyentes, ya que la memoria puede orientar a la historia en la selección de los objetos nucleares de su estudio, y, a su vez, esta tiene potencialmente la capacidad de justificar y dar cuenta de aquella, de actualizar en el sentido de demostrar la vigencia de esas preocupaciones e interrogantes con que ha sido interpelada por la memoria, constituyéndose así en el sustrato racional de aquella, convirtiéndola en un concepto sistemático que le otorga significación al pasado, que permite descifrar los momentos del pasado persistentes en el presente, la simultaneidad de los asincrónico como lo denominaba Ernst Bloch, permitiendo así la crítica de ese presente, su politización.

Intentaremos ver en este breve ensayo de que modo se articulan memoria e historia, tratando de esbozar una respuesta a las cuestiones que nos han propuesto los organizadores de este evento: la interpretación del pasado como desafío político y el pretérito presente como un campo en construcción. La interpretación del pasado adquiere el carácter de desafío político cuando sus conclusiones interpelan no sólo la concepción oficial del mismo, sino también la acción política del presente que pretende legitimarse en función de ese pasado. El pretérito presente puede concebirse como un campo en construcción cuando, como consecuencia del paso anterior, reconocemos aquellas señales del pasado que perviven en el presente, no sólo como realidades sino como vestigios de una promesa incumplida, de exigencias de esperanza y de justicia frustradas y que intenta olvidarse o que ya ha sido olvidada, pero que a pesar de ello es el único pasado reconocible, el de los derrotados, porque los vencedores se apoderaron del presente y pretenden hacerlo suyo exclusivamente, como dice el filósofo Reyes Mate: “Sólo queda el pasado de aquellos que lucharon por una causa noble y quedaron en la cuneta".

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... en el caso de Argentina que es el que aquí nos concita, la memoria reciente, la que evoca a la generación de 1970, recuerda no sólo a sus miembros sino también y fundamentalmente rememora sus esperanzas y expectativas, sus sueños de utopía igualitaria y emancipadora, que intentaban revertir las condiciones de desigualdad social, de explotación y dominación política y social derivadas de la naturaleza capitalista de la Argentina de la época, del momento en que se formularon. Desde los organismos de derechos humanos y especialmente de las Madres de Plaza de Mayo, que acuñaron la feliz metáfora de considerarse “paridas por sus hijos” se irguió la voz de una memoria que constantemente reivindica las aspiraciones de los desaparecidos y sus compañeros a la construcción de una sociedad libertaria, justa, igualitaria, fraterna, socialista, para sustituir a la Argentina de la explotación del hombre por el hombre, de la prepotencia de las elites y del exterminio físico y cultural de los disidentes. La historiografía que puede demostrar ahora que esas propuestas de cambio revolucionario estaban fundadas en las características políticas y sociales de la Argentina de ese momento, también tiene la oportunidad de evidenciar que muchos de esos rasgos injustos de la sociedad argentina eran y son producto de sucesivas supervivencias de épocas anteriores, desnudando la dinámica socialmente agresiva que había presidido la génesis de la Argentina moderna, que alcanzó su mayor cota de criminalidad y barbarie con la dictadura instaurada en 1976. No es casual que junto a la rememoración de las décadas de 1960 y 1970, se haya actualizado en Argentina la recuperación de otros acontecimientos largamente olvidados, se trata de la memoria de los llamados “pueblos originarios”, al menos de los pueblos y culturas que estaban en ese trozo de América desde mucho antes de que llegaran los primeros europeos, víctimas del primer genocidio practicado por el Estado argentino en la forma de la conquista de la región pampeano-patagónica a finales del siglo XIX, y en el Chaco en la primera década del siglo XX. La actualización de los últimos sufrimientos promovió, posiblemente por la enorme magnitud del crimen cometido por la dictadura militar, la reflexión sobre sus orígenes y antecedentes, conduciendo a la recuperación de la memoria de los agravios sufridos por diferentes grupos sociales políticos y culturales a lo largo de la historia de la Argentina moderna. Los intentos de revisar el callejero de la ciudad de Buenos Aires para suprimir cualquier homenaje a los responsables de la masacre de los pueblos originarios, comenzando por el del general Julio A. Roca, una reivindicación similar en el terreno de los símbolos a la supresión de los retratos de los genocidas Videla y Bignone del Colegio Militar, se une a la defensa y reivindicación de los derechos territoriales de los pueblos araucanos o del norte de la Argentina, trascendiendo el marco de la actualización simbólica hacia la reparación efectiva de la deuda histórica con esos pueblos. Por lo tanto aquí claramente la historia actuaría como aliada de la memoria (de la rememoración) y permitiría fundamentar la exigencia de que la reparación de la injusticia no se acaba con el juicio y castigo a los responsables directos de los crímenes cometidos por la dictadura, sino en la revisión y remoción de las estructuras sociales y políticas que favorecieron la instauración de la dictadura genocida en 1976, ya que esa dictadura fue instaurada no sólo en defensa sino en promoción de un modelo de acumulación que acentuaría aún más los rasgos injustos, violentos y opresivos de la sociedad a favor de los intereses de clase dominantes, los que eran antagónicos con los proyectos revolucionarios aplastados sangrientamente. Quisiera acabar con el recuerdo de un texto de Bertolt Brecht de hace casi setenta años, al final de su obra “La resistible ascensión de Arturo Ui”, en que señalaba con su peculiar estilo el marco teórico general que todavía nos ayuda a interpelar al presente y medir hasta donde las sombras del pasado cubren nuestra actualidad:

“Habéis aprendido que una cosa es ver Y otra mirar, y una hacer y otra hablar por hablar. ¡Recordad que ese Ui estuvo a punto de vencer Y que los pueblos lo pudieron derrotar! Pero que nadie cante victoria sin saber ¡Qué el vientre en que nació aún puede engendrar!”


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