Plataforma Argentina contra la Impunidad
Derechos Humanos
Justicia

Ana María Careaga, "Verdad, Justicia y Memoria. Construcción y deconstrucción de sentido"

Anticipos del libro Memoria / Verdad /Justicia, en edición
Miércoles 13 de abril de 2011.

La construcción de la memoria histórica es un hecho político y sus principales hacedores fueron, en un primer momento, quienes habían vivido en carne propia la represión. Durante mucho tiempo fue el movimiento de derechos humanos, a través de sus organismos, el que tuvo un protagonismo excluyente en el rol de mantener viva la memoria de los hechos ocurridos durante los negros años de la última Dictadura que asoló a la Argentina en la segunda mitad de los setenta y principios de los ochenta. La persecución a los militantes, que en la etapa previa al golpe del 24 de marzo de 1976 había estado a manos de grupos paramilitares y parapoliciales, a través del accionar de la Triple A, se institucionalizó y generalizó de manera sistemática desde el Estado. Todas las fuerzas de seguridad se alinearon al servicio del llamado Proceso de Reorganización Nacional y bajo esta “convocatoria” se desplegó a lo largo y a lo ancho del extenso territorio nacional una metódica práctica represiva, con una disciplina, entrenamiento y ferocidad, sin precedentes en la historia. Un recorrido por los antecedentes del Terrorismo de Estado explica las circunstancias que hicieron posible una represión de estas características, sin lo cual sería muy difícil entender cabalmente su dimensión. ...

La memoria histórica

El método de la desaparición forzada de personas no había tenido antes del golpe del 24 de marzo de 1976, la dimensión, el alcance y la brutalidad que tuvo entonces. El secuestro de militantes populares en su mayoría producidos en altas horas de la noche, arrancados de sus domicilios, de sus lugares de trabajo o de la vía pública, y ante una absoluta indefensión, se convirtió en una práctica cotidiana que ocurría a los ojos de todos pero paradójicamente en forma clandestina.

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La lucha por la verdad de la mano de la justicia

Este fenómeno del movimiento de derechos humanos como expresión de resistencia no puede ser escindido de la búsqueda de verdad. La demanda de saber es inherente y constitutiva del psiquismo humano. También en este caso fue la propia metodología represiva, su carácter clandestino, la que instituyó de alguna manera el reclamo en torno a la verdad, cuyo velo indescifrable hacía aún más dolorosa y lacerante la incertidumbre. Una de las primeras solicitadas públicas que organizadamente diseñaron las Madres en la lucha por saber el paradero de sus seres queridos fue marcada precisamente por esa apelación. Esa iniciativa, que vio finalmente la luz el 10 de diciembre de 1977 en el diario La Nación, surgió a raíz de expresiones públicas vertidas por Jorge Rafael Videla, entonces presidente de la Junta Militar que gobernaba el país, en ocasión de una visita a los Estados Unidos, en las que afirmaba “quien diga verdades no va a recibir represalias por ello…”. La solicitada, dirigida al Presidente de la Nación, a la Corte Suprema de Justicia, a los Altos Mandos de las Fuerzas Armadas, a la Junta Militar, a la Autoridades Eclesiásticas y a la Prensa Nacional, se titulaba “Por una Navidad en Paz, Sólo Pedimos la Verdad”.

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Los juicios

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El movimiento de derechos humanos no se podía quedar con ese agujero negro, insondable que engendraba la desaparición, había que hacer algo con eso, había que rearmar, construir y reconstruir lo sucedido. Había que traspasar esa red de terror y reconstituir los lazos sociales desarticulados expandiendo la realidad de la desaparición en la conciencia del conjunto. Hay un término en holandés ‘schuld’ que connota a la vez deuda y culpa. Ambos significantes pueden aludir a sentimientos que atraviesan a la sociedad y a la justicia. En la medida en que se determinen responsabilidades, algo de lo primero podrá ser tramitado. En descripciones conmovedoras y profundas, los testimoniantes en los procesos que se están llevando adelante para juzgar estos crímenes aberrantes, al tiempo que aportan valiosas pruebas, atraviesan una experiencia sin precedentes que persigue un efecto reparador tanto para la víctima como para la sociedad. Brindan testimonio, más de treinta y cuatro años después de sucedidos los hechos, en algunos casos por primera vez, en otros pasando por esa situación de revictimización muchas veces, en todos los casos incursionando en significantes y significaciones del orden de lo indecible, de lo innombrable. Siempre tratando de ponerle palabras al horror, de ligar algo de aquello que ha dejado irreparablemente agujereado al sujeto. “No había podido usar la palabra, que nos constituye, hoy poder hacerlo es importante para la dignidad”, reflexiona un testigo. Nadie de los que asiste a estas audiencias, orales y públicas, puede salir “ileso”. Nadie puede quedar igual que antes después de esa experiencia. El valor de los testimonios, de familiares y ex detenidos no pasa desapercibido, no sólo para quienes activamente los encarnan sino para quienes los escuchan y los “viven”. Jueces, fiscales, abogados y público, no saldrán como entraron de esas salas, independientemente de lo que en relación a sus posiciones políticas, ideológicas o éticas se permitan empaparse en estos actos justos, es un hecho que trasciende lo individual.


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