Plataforma Argentina contra la Impunidad
Justicia

A una semana de la condena de Patti, habla Manuel Gonçalves, nieto hallado por Abuelas

“Recupero mi identidad todos los días, cada vez que me levanto”
Lunes 25 de abril de 2011.

Dice que la cadena perpetua al torturador “es el inicio de otra etapa”, en relación al juicio que comenzará por la “Masacre de Juan B. Justo”, cuando en noviembre de 1976 el ejército acribilló a su madre, Ana Granada, y a la familia Amestoy-Fetolini.

El 24 de marzo de 1976, Gastón Gonçalves fue secuestado y después torturado en un camión de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Su cuerpo, quemado y envuelto con mantas, permaneció como NN en el cementerio de Escobar, hasta que dos décadas después pudo ser identificado por el Equipo Argentino de Antropología Forense. Para esclarecer el caso, que derivó en la reciente condena a cadena perpetua contra Luis Patti como uno de los responsables del crimen, trabajaron distintos organismos y profesionales. Pero sobre todo Manuel, el hijo menor de Gastón, nieto recuperado por las Abuelas en 1995 que ahora se prepara para otro proceso: el que buscará que vayan a la cárcel los asesinos de su madre Ana María del Carmen Granada, y los cuatro integrantes de la familia Amestoy-Fetolini.

Con su compañero ya muerto, en la clandestinidad y preocupada por el cuidado de un hijo de siete años, Ana, embarazada por segunda vez, siguió militando con la misma fuerza de siempre. Hasta el 19 de noviembre de 1976, cuando una patota integrada por 40 efectivos del Ejército, la Policía Federal y la Bonaerense atacaron la casa donde vivía con los Amestoy-Fetolini, en la calle Juan B. Justo, en San Nicolás, y la mataron junto a los cuatro integrantes del grupo familiar. Ambos jefes de la familia fueron atravesados por los disparos: Ana recibió 14 impactos de ametralladora, y Fernando y María Eugenia, de tres y cinco años, murieron asfixiados por los más de 30 cartuchos de gases lacrimógenos que inundaron el lugar.

Pero un bebé se salvó: Manuel, al que su mamá cubrió con sábanas y almohadones y escondió en un armario.

El juicio oral estipulado para agosto buscará condenar a los responsables de la masacre, pero también se relaciona con la apropiación de “Manu”, botín de guerra del atentado, en la que están implicados el ex juez de Menores de San Nicolás, Juan Carlos Marchetti, y varios funcionarios cómplices de una adopción irregular finalmente dilucidada en 1995, cuando a los 19 años de Manuel, las Abuelas dieron a conocer su verdadera identidad.

“El fallo contra Patti marca el cierre de una etapa –sostiene–, pero de cualquier manera lo considero una primera parte, porque lo de San Nicolás es muy especial, una situación que uno podría imaginar sólo en una película. ¿Cómo se iban a imaginar esos tipos que el bebé escondido en el ropero, casi asfixiado y muerto, iba a aparecer 34 años después para mirarlos a la cara?”. Y agrega: “Lo hago por mí, pero también por los que no saben de dónde vienen, dudan, y al enterarse de estos casos quieran animarse a revisar su historia. Y también por tantos que me ayudaron, y por mis viejos, frente a los que siempre hice un gran esfuerzo por no idealizar y nunca lo logré, debido al enorme valor que tuvieron para luchar en momentos tan jodidos. Si ellos militaron con tanta pasión, si las Abuelas nos buscaron tanto tiempo en épocas en que cualquiera te podía matar en una esquina, ¿cómo no voy a hacer estas cosas ahora?”

¿Qué sentís en estos días, al poco tiempo de conocerse la condena a Patti?

–Te hablo ahora y me parece que eso pasó hace un par de minutos, porque cuando hago el balance de todo el tiempo que transcurrió hasta llegar el fallo, me parece que del Tribunal salí recién. Siento una enorme satisfacción, y además una calma que no conocía, que no “me” conocía. Me veo raro, pero para bien. No estoy acostumbrado a sentirme así, estoy acostumbrado a sentirme urgente. Es algo increíble de experimentar, porque se trata de una sensación diferente a todas las que tuve antes, desde que arrancó esta causa.

¿Cuáles eran esas sensaciones?

–Hubo momentos de mucha incomodidad, pero al mismo tiempo sabíamos que era una causa complicada, y nos daba mucha satisfacción encontrar gente, hablar con testigos, y poder llevarlos a la justicia para que hablaran y dieran los testimonios que al final pudieron armar todo lo que había pasado.

Entre los asesinatos de tu papá y tu mamá pasan ocho meses, y los hechos son diferentes. ¿Cómo hiciste para dividir esfuerzo, seguir datos distintos, tomar contacto con personas y lugares diferentes?

–Fue complicado, pero lo bueno, por llamarlo de alguna manera, era que lo de la casa de San Nicolás estaba focalizado en una zona, en un lugar y en un hecho, y tuvo muchos ojos alrededor que nos ayudaron a recrear lo que había pasado y encarar la investigación. Tené en cuenta que el asalto a la casa ocurre en el centro de la ciudad. Ahí la cuestión era ubicar la vivienda, conocer a los vecinos, presentarte, contarles a qué ibas después de tantos años. Con un agregado importante: era gente que no habían sido compañeros de militancia de mi vieja, sino personas que circunstancialmente fueron testigos de algo vinculado a la represión.

¿Cómo es el lugar hoy?

–Es increíble, en el barrio viven los mismos vecinos de siempre, y en la casa del ataque están los hijos de los dueños originales que en esa época alquilaron el edificio a mi mamá y al matrimonio Amestoy-Fetolini. El 19 de noviembre de 2000, aniversario del atentado, lo visité por primera vez. Hacía poco tiempo que había recuperado mi identidad, sentía la necesidad de encontrarme con esa historia, y caminar por el osario donde estaba mi vieja.

¿Siempre supiste que ella estaba ahí?

–Sí, por lo que te decía antes, de que el operativo fue a la vista de todos. Lo que hicieron el Ejército y la Policía fue armar un expediente lleno de mentiras y aberraciones, una causa inventada donde los únicos que declararon fueron los represores, pero que a la larga nos sirvió para encarar el juicio que comenzará en agosto. En el expediente figuran las autopsias de los cinco, las huellas dactilares y las fotocopias de los documentos. Con el avance de la investigación supimos que a mi mamá la enterraron como NN y después la llevaron a ese osario. Pero toda la mentira de los que redactaron aquella causa falsa no pudo hacer nada frente a la insistencia de Matilde, mi abuela paterna, que viajó a San Nicolás varias veces y fue muy importante para que se supiera la verdad. Y también frente a la perseverancia de Emilse Moler, sobreviviente de La Noche de los Lápices, que con un equipo de investigación se encargó de trabajar sobre las huellas dactilares. Una vez que determinaron que esa mujer era Ana Granada, ahí recién pudieron “conocer” a qué bebé estaba buscando mi abuela, que por supuesto sospechaba que el único sobreviviente de la masacre podía ser yo.

A partir de ese momento puede decirse que la historia estaba ahí, lo que había que hacer era reconstruirla para saber paso a paso a quiénes te habían dado. ¿Cómo fue la secuencia?

–Fueron a la casa, y los vecinos dijeron “de acá sacaron a un bebé vivo, lo llevaron al hospital”. Yo no estaba en el registro oficial de entrada, pero sí en el parte diario de las monjas, donde figuraba mi ingreso y mi salida por orden de Juan Carlos Marchetti, juez de Menores de San Nicolás. Lo más llamativo fue que en el hospital estuve cuatro meses con custodia policial, hasta que llego a mi familia adoptiva, que me adoptó de buena fe cuando un primo lejano de ellos les dijo que los podía ayudar por tener a su vez un primo juez de menores, que resultó ser Marchetti. Pero más allá de la relación muy lejana entre el juez y mi familia adoptiva, que actuaba de buena fe, esa relación a Marchetti le servía para monitorearme, que es en definitiva lo que le pedía el Ejército. En otras palabras: esa familia le servía claramente, y la prueba está en que durante esos cuatro meses, a uno de los policías del operativo que quería quedarse conmigo le negaron la criatura. Es más: Marchetti en un momento me sacó de San Nicolás sin avisarle a nadie, y durante los cinco años en que permaneció en el juzgado nunca mandó una visitadora social a mi casa. En la causa que va a entrar a juicio oral, quiero que Marchetti explique algunas cosas, porque más allá de que tuve y tengo una relación muy buena con mi familia adoptiva, entiendo que la decisión del juez marcó casi 20 años de sufrimiento de mi familia biológica.

Estas son preguntas muy personales: ¿es una tranquilidad saber que tu adopción fue de buena fe? ¿Qué diferencia hay, si es que existe, entre lo que pensás vos y lo que piensa un chico apropiado por un represor que sabía lo que hacía cuando robaba un bebé?

–Es difícil contestar, porque no podría definir la manera en que se diferencian los lazos. Fijate que hay casos extremos, en donde el apropiador es el responsable de la desaparición de los mismos padres biológicos de la criatura, y sin embargo ahí también hay un lazo. En mi caso, agradezco no tener que luchar en contra de quienes me criaron, pero eso no me quita la inquietud de que se esclarezca cómo pasó. Cuando se habla del golpe cívico-militar, mi caso es un ejemplo, porque la justicia fue cómplice en lo que ocurrió, no fue sólo responsabilidad de los señores de verde y de azul. Y te doy un ejemplo: en la causa que inicié por las irregularidades de mi adopción, tengo hasta testigos que declararon que Marchetti tenía mi expediente escondido en su caja fuerte.

¿Recordás el instante en que te enterás de tu identidad?

–Vino a casa Alejandro Incháurregui, del Equipo Argentino de Antropología Forense, y habló primero con mi mamá adoptiva. Yo sabía que era adoptado, pero siempre me habían dicho que mis viejos habían muerto, lo que me paralizaba bastante, porque más de una vez me preguntaba cómo era posible que no tuviera primos, tíos o abuelos. Hace dos o tres días escuché la declaración de Leo Fossatti, otro nieto recuperado, en el juicio por el robo de bebés, y él tenía la misma sensación. Después fue todo muy raro: tocaron timbre, apareció Incháurregui, y apareció “mi” historia. Imaginé cualquier cosa, pero nunca que me iban a decir lo que me dijeron.

¿Cómo eras a los 19 años con la cuestión de los desaparecidos, de los chicos apropiados?

–No era un momento como el que se vive hoy. Ahora la gente tiene otro tipo de madurez para hablar de esto, y se hacen hasta novelas y programas de televisión que por suerte despiertan interés. En esa época no me pasaba por la cabeza asociar todo lo que había ocurrido durante la dictadura con mi propia vida. Creo que también era una manera de protegerme, una forma de creerme el cuento más lindo y que mejor me cerraba: “bueno, mis padres murieron y se ve que los demás no me querían, qué suerte que me adoptó una familia que me quiere.” La cabeza me dio un vuelco cuando me dijeron “no sólo no te abandonaron sino que hace 19 años tu familia te está buscando y te salvaste gracias a tu mamá”. Todo eso que yo había construido, con lo que hasta me sentía más cómodo, se venía abajo.

Casi 20 años que te cambiaron con un par de frases.

–Me tiraron los títulos (se ríe), en pocos segundos. Era mucho para lo que podía aguantar. Además, no distinguía el límite entre la alegría y la tristeza. Lo que sí te aseguro es que inmediatamente me sentí en deuda con mi abuela y con todas las Abuelas, y con infinidad de personas que durante 19 años habían hecho algo para que yo pudiera conocer la historia que me estaban contando ese día. Yo no había hecho nada, y encima nunca se me había cruzado por la cabeza.

¿Una especie de culpa?

–Puede ser. La pregunta inmediata que me hice fue: ¿y ahora cómo hago para pagar todo esto? Pero te aclaro: me lo pregunté y me lo sigo preguntando: hay gente a la que nunca voy a poder devolverle lo que hizo por mí, incluso a algunos ni siquiera los conozco.

La reacción es interesante, porque podrías haber corrido para otro lado, incluso enojado con alguien que inquietaba esa comodidad a la que te referías antes.

–Por supuesto, un acto reflejo de decir “pará, ¿quién sos vos para venir y tirarme abajo todo lo que construí hasta ahora?”. Pero volviendo a mi deuda, era como que me decían: “tomá, todo esto, que es inmenso, es tuyo”. Y el que menos había trabajado para llegar a eso era yo. Entre esa charla con Incháurregui y mi resultado final del examen de ADN fue todo vertiginoso, porque en esa vorágine conocí a mi abuela, conocí a mi hermano Gastón –al que yo escuchaba en Los Pericos–, encontraron el cuerpo de mi papá y participé de la reconstrucción de sus restos. Antes te decía que cuando supe mi identidad no veía claramente el límite entre la alegría y la tristeza, y algo parecido me pasó el día en que condenaron a Patti. Me acordé de una frase que mi papá le escribió a mi mamá en un poema: “Días dolorosos los días de alegría”. Porque en definitiva, en estas historias casi todo tiene esa dualidad. A veces pienso que nunca podría tener una vida “normal” (sonríe), es como que mis primeros 19 años los tengo encapsulados, y esa persona que había sido no tiene nada que ver con la que soy ahora. Recupero mi identidad todos los días, cada vez que me levanto, a partir de sentirme el verdadero dueño de mi historia. Me pone bien el poder contarlo, porque otra forma de vencer el silencio que la dictadura quiso implementar es hablar de lo que nos pasó para que los nietos sigan apareciendo. Por supuesto que estoy bien por haber escrito mi propio libro, digamos, pero lo que me moviliza es saber que si estas cosas se conocen, es posible que se escriban los otros libros, los de los nietos que todavía no conocemos.

Por Daniel Enzetti

Fuente: Tiempo Argentino

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